Buenas noches. Lunes, 18 de diciembre de 2017
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MARI, LA ULTIMA TABERNERA DE AZUELO

El día 15 de noviembre falleció en Laredo a los 88 años de edad, la azueluca María Acedo Merino, para todos  ”MARI”

Mari será recordada en Azuelo por haber cerrado el año 1975 la última taberna que hubo en el pueblo. Tras el cierre de su taberna surgió la Asociación Cultural Recreativa Santa Engracia con el objetivo prioritario de dotar al pueblo del servicio de bar.

La vida de Mari ha sido extensa e intensa. Ya de muy joven, casi siendo aún una niña, fue  a servir a casa del médico en Torralba del Río. Más tarde cambió de casa y así fue como estuvo sirviendo en Oyón en la casa de los dueños de la Bodega Faustino. En esta época es cuando conoció a Pedro San Emeterio Ortiz, un joven cántabro de la localidad de Argoños, que estaba haciendo el servicio militar en Logroño, con el que se desposó. El matrimonio fijó su residencia en Logroño.

En Logroño, el matrimonio se dedicó a vender helados y bebidas con unas casetas de madera que montaban en los pueblos, cuando  estaban en fiestas, desde la primavera hasta el otoño y el resto del año Pedro se dedicaba a vender barquillos en el Espolón de Logroño, siendo conocido por “Perico el Barquillero”. En Logroño nacieron sus dos hijos mayores, Pedro y Manolo.

Aconteció, por avatares de la vida, que Mari heredó de su padre unas fincas en Azuelo y el matrimonio, abandonando la capital de La Rioja, se asentó en nuestro pueblo cambiando la vida trashumante del barraquero por la sedentaria del agricultor. En Azuelo nació años más tarde su hija Luci.

La vida agrícola en Azuelo no les hizo olvidar sus años de “caseta de feria” y así fue como Pedro seguía montando su caseta en las fiestas de Azuelo, Torralba, Los Arcos y romerías de Codés. Mari en estas fiestas vendía los helados artesanales que Pedro hacía, siendo recordada por generaciones de niños que rechupeteaban sus helados el “Día de los Niños” en Codés, donde otras mujeres como Daría de Azuelo o la Pista de Los Arcos vendían chucherías y caramelos. En un Día del Niño ocurrió que Mari agotó los cucuruchos que había llevado para servir los helados y los niños antes de quedarse sin helados le traían hojas de los plataneros de la explanada para que les sirviese en ellas los helados.

El matrimonio no pudo erradicar el gusanillo de la caseta de las bebidas y cuando compró la casa de Valeriano en La Rinconada abrió una taberna que vino a complementar en el pueblo otra que ya regentaban Asun y Esteban. La taberna la tuvieron abierta hasta que emigraron a Bilbao el año 1975 donde fijaron su nueva residencia y trabajaron hasta su jubilación cuando se fueron a vivir a Laredo, cerca de su hija.

Mari fue una mujer de mucho carácter, una mujer franca, que llamaba al pan, pan y al vino, vino, una mujer afable y agradable en el trato, una mujer sencilla, como ella decía, una mujer de pueblo. Aunque si tuviésemos que definirla con una sola palabra, ésta sería, trabajadora.

Mari ha sido una de las últimas mujeres que han pertenecido a una generación donde la mujer era la que llevaba el peso de la casa: atendía al marido y a los hijos, cuidaba los animales domésticos, echaba de comer y limpiaba las pocilgas de los cerdos, atendía a la cocha paridera para que no pisase ningún gorrín, apiensaba las gallinas y traía “lechoncinos” para los conejos, atendía la huerta, regar, escardar, recolectar. Ayudaba al marido en el campo; sobre todo cuando hacían falta muchas manos para determinadas labores como cortar cardos y mayas en primavera, segar, trillar y meter paja en verano. Las mujeres de Azuelo, como Mari, eran el pilar básico para sostener las familias en una economía agrícola de subsistencia. Las funciones de Mari no terminaban aquí, sino que tenían un fuerte suplemento, atendía la taberna que había montado con su marido. Como buena tabernera no pregonaba en el lavadero los “secretos e intimidades” que los mozos y no tan mozos protagonizaban en la taberna, aunque estos, de vez en cuando tenían que oír algún “recojón” que les lanzaba ella cuando no estaba muy de acuerdo con su actuación, pero que los hombres, viniendo de Mari el improperio, se lo tomaban a guasa. Lo que si agradecían las cuadrillas de jóvenes y mayores que merendaban en la taberna eran las sabrosas meriendas que Mari les preparaba. Tenía buena mano para la cocina y eso que entonces no había Master Chef ni programas de esos tan famosos ahora; tanta era su fama que en fiestas de otros pueblos algunas familias la contrataban para cocinarles, como casa Mayorazgo en Aguilar de Codés o casa Jacinto “Escolástico” en Espronceda.

Cuando en 1975 emigró a Bilbao siguió trabajando limpiando oficinas hasta su jubilación cuando se trasladaron a vivir a Laredo, al lado de su hija Luci y muy cerca del pueblo de Pedro. Mari se fue de Azuelo pero la añoranza por su pueblo era muy fuerte; así fue como restauró su casa y con su marido Pedro pasaba grandes temporadas en Azuelo, desde la primavera hasta el otoño que se dedicaban a cultivar la huerta. Actividad que mantuvieron hasta que las fuerzas les abandonaron. Su colaboración con el pueblo ha sido muy comprometida, ha sido socia de la Asociación Santa Engracia y de la Asociación del Monasterio de San Jorge hasta su fallecimiento. Mas la entrega de Mari a su pueblo se le ha reconocido y agradecido por la Asociación Santa Engracia en un par de ocasiones; en el año 2004 se le homenajeó como la “última tabernera de Azuelo” y en 2009 como “mujer labradora”.

Mari se ha ido y con ella se va un poco más de Azuelo; la tertulia de La Rinconada fue la última en desaparecer tras la de La Ribaza y la de Tras Las Casas. Ya sólo quedan y de forma esporádica la del banco de la Flora o la del banco de Esteban. Poco a poco Azuelo se despuebla y su escasa población se envejece. ¡Qué chascarrillos, chismes y anécdotas se contaban y se escuchaban en estas animadas tertulias!

Hoy agradecemos el trabajo que Mari aportó para dar vida a su pueblo y acompañamos en la sentida pérdida de ella a sus hijos Pedro y Merche, Manolo y Glori, Luci y Javi, a sus nietos Sergio y Silvia, Laura y Juan Carlos, Germán y Vanesa, y Erika, a sus biznietos Candela y Samuel, a sus hermanos Flora, Engracia, Antonio, Conchi, Sara y Amparo y a todos sus familiares. A todos ellos un abrazo.

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